El valor de las lágrimas

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Autora: Elisa García Fogeda

El dolor y el sufrimiento son parte de la vida y cada uno de nosotros tenemos una manera de relacionarnos con esta verdad existencial. Al crecer aprendimos qué hacer cuando algo nos duele. Llorar es una manera de procesar emociones difíciles (o intensas). Sin embargo, ¿nos resulta fácil llorar? ¿A veces lloramos demasiado? ¿Qué papel tienen las lágrimas en nuestra felicidad?

Siendo niños vimos primero en nuestros padres un modelo sobre cómo dejar salir o no las lágrimas. Si te paras a pensar en tu historia hay momentos que hablan de las lágrimas de tu familia. Puedes recordar aquella “rara vez” que viste a tu padre llorar en un funeral, el llanto de tu madre después de una discusión con tu hermano mayor, las lágrimas de tu hermana cuando le dejó su primer novio… Por otra parte, es posible que en tu familia expresaran mensajes concretos sobre lágrimas: “deja de llorar”, “no seas llorica”, “ya está bien de tanto drama” …

La influencia de la cultura

Nuestra cultura y contexto también influyen. Es posible que una persona del norte de Europa no exprese su tristeza o su melancolía igual que una persona del sur. Igual que en occidente nos relacionamos con el dolor de un modo muy distinto a cómo lo hacen en oriente. Lo que significa para un hombre llorar, puede no significar lo mismo que para una mujer. El cine o las series nos hablan de las diferencias culturales y de género en torno al sufrimiento, muchas veces con un gran sentido del humor.

Sin embargo, pese al componente familiar o cultural, hay un lenguaje universal: el lenguaje de las lágrimas. En el país más recóndito del mundo sabremos que alguien está sufriendo si lo vemos llorar. Entenderemos que algo ha tocado su corazón: una perdida de un ser querido, dificultades en una relación laboral, el final de una relación de amistad o sentimental, un deseo o anhelo que no ha sido satisfecho…  

Las lágrimas tienen una gran capacidad de informarnos, a nosotros y a los demás, de que tenemos un corazón que se conmueve. No hay un número correcto de lágrimas ni tampoco se trata de intentar buscarlas cuando no están ahí. La idea es poder escucharte a ti mismo y en caso de que necesites llorar darte el permiso para hacerlo. No obstante, como muchos hemos experimentado alguna vez, no siempre es tan fácil.

En su libro “Emociones una Guía Interna” Leslie Greenberg describe cómo ha sido para él la pérdida de su madre. Dice así:

 “Mientras escribo esto ahora, las lágrimas fluyen y son buenas. Me dicen que estoy vivo, que amo y siento ternura. Me bañan de un bálsamo calmante, conmovedor y reconfortante”.

Al mal tiempo, ¿buena cara?

¿Nos hemos acostumbrado a callar nuestro dolor? Nos restringimos a la hora de enseñar nuestra tristeza o malestar. A veces parecería que nos dan un premio por ser esa persona que “puede con todo”, que incluso en los momentos más duros muestra la mejor de sus sonrisas.

Buscamos trucos para aliviar el malestar. Lo hacemos a golpe de viajes, de consumir bienes, comida o alcohol o de publicar la foto en la que más guapo salgo el domingo para animarme al final de la semana. De alguna manera, no se nos deja parar o no queremos pararnos a sentir.

Todo menos llorar

Llorar como manera de procesar el dolor es, sin duda, un acto de autocuidado. Sin embargo, algunos apretarán sus músculos y se obligarán a pensar en algo distinto. Hay quien optará por tomar algún tipo de medicación que le permita dormir sin sentir. Un tercero optará por hacer ejercicio excesivo. Alguien distinto usará la comida para olvidar el dolor. En otro lado de la ciudad, alguien dedicará infinitas horas al trabajo. Muchos más consumirán horas y horas de redes sociales para distraerse de sí mismos. Todo menos llorar, que llorar no está bien visto.

En el corto plazo puede suponer un alivio no enfrentarte a tu sufrimiento y tragarte tus lágrimas. En el largo plazo te estás quitando la oportunidad de hacerte responsable de lo que te duele y lo que necesitas hacer para sentirte mejor.

El llanto actúa como una señal que nos permite hacer algo con esa situación que nos daña. Te puede mover a acercarte a tus seres queridos o a darte un momento para parar y sanar esa herida contigo mismo/a. También permite a las personas que tienes cerca darse cuenta de que algo te aflige y acompañarte en ese momento.

Cuando alguien que quiero sufre

Para empezar a reflexionar sobre cómo te manejas con tus lágrimas, puede ayudarte pensar en qué haces o sientes cuando tu novio/a, marido o mujer, padre, madre o hijo/a sufre o llora.   

Uno querría tener la fórmula mágica que permitiese resolver el dolor de los demás (y el de uno mismo). Tener al lado alguien que sufre nos acerca a nuestra propia limitación. Querríamos arreglar el mundo, la vida de nuestra familia o amigos, pero hay cosas que van a doler a nuestros seres queridos y no podemos evitarlo.

Si renunciamos a nuestro deseo de salvar a los demás conectamos con algo mucho más fructífero: la posibilidad de acompañar. No se trata de que conseguir que el dolor del otro desaparezca, de arreglar la vida del de al lado o de encontrar una solución inmediata. Se trata de estar ahí para él o ella.  Quizás se ponga en juego una cuestión de confianza en esa persona y nos preocupe que no supere lo que le duele. Quizás podamos empezar a darle una oportunidad a la capacidad que tiene nuestro dolor de enseñarnos algo.

Algunas preguntas para reflexionar

  • ¿Qué has visto en tu casa sobre las lágrimas? ¿Qué mensaje implícito o explícito has interiorizado?
  • ¿Recuerdas qué permiso tenías como niño/a o adolescente para llorar?
  • ¿Identificas en tu día a día que lo que está premiado es estar para los demás o para lo demás (trabajo, deporte, ocio…)?
  • ¿Cómo haces para tragarte tus lágrimas?
  • ¿Qué te sale hacer ante las lágrimas de los demás?
  • ¿Qué te está frenando a pedir ayuda, aunque sientas que la necesitas?

Buscar ayuda si la necesitas

Necesitamos aprender a relacionarnos con nuestro dolor. A veces, hacerlo sin un apoyo profesional puede ser complicado. No siempre se puede sólo, no siempre es cuestión de voluntad.  Reconocer a tiempo que te vendría bien acudir al psicólogo/a puede ayudarte a coger las riendas de aquello que está siendo difícil de manejar. Pide ayuda cuando lo necesites y anima a tus seres queridos a pedirla cuando creas que lo necesitan.

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